lunes, 20 de febrero de 2017

"Sufragio" por Ivo Marinich

 En los platos quedaban sólo las sobras, ya podían descansar, no era ésta la suerte de las copas que se llenaban y vaciaban de tintura. Ellos hablaban con un tono elevado, propio de quienes bajan el volumen de los sentidos y se dejan llevar. Los ojos semiabiertos hubieran engañado al que pensara que en cualquier momento se dormían, porque en realidad todos, las tres damas y los dos caballeros, estaban igual de atentos a la discusión.
    —Que Dostoievski es igualito a Tolstoi, dice, ¡Qué barbaridad! Bah, sí. ¡Los dos son rusos!
    La otra lo miró y sacudió la mano en un gesto que decía, no me interesa lo que pienses. La más joven tosió y dijo que ahora era su turno de leer lo que había escrito. Escucharon. Cuando terminó, una lloraba, quién sabe cuánto tenía que ver la tintura, o el recuerdo o una sensibilidad tan hinchada como el hígado. Después, como tantas otras veces, compararon: Borges y Sábato, García Márquez y Saramago, Hemingway y Fritzgerald. No podían resultarles distintos porque crecieron con la cualidad, ¿cualidad?, de poner algo por encima de otro algo, como en escalones, y no concebían la posibilidad de estar hablando, en realidad, de diferentes escaleras. Los libros, al ser mencionados, parecían apilarse sobre la mesa, y los autores espectrales se acercaban a escuchar; a veces, cuando no les gustaba lo que oían sobre sus obras, se marchaban sin más, insultando según cada idioma. 
    —¿A quién van a votar?
    Si la pregunta hubiera sido una locomotora, estos hubieran sido sus vagones: no sé; la verdad que no estoy segura; a nadie; no quiero ni pensar que de acá a un año hay que votar. Nótese que pese a formular distintas respuestas con sinapsis gramaticales variadas, las cinco personas coincidían en sus aseveraciones, y, si se quiere, a la vista de una pregunta que no parece indicar convicción, el hombre que la formuló no cae lejos del árbol. Pero ¿por qué esa pregunta? ¿De dónde provino? Quizás su silencio durante la velada era causado por ése interrogante, una duda al respecto que le molestaba y decidió compartir. Ahora entre ellos rondaba una conversación aparte, una conversación, llamémosle, fantasma, que acontecía aunque no se escuchara:
    —¿Dónde cabe la palabra obligatorio en una democracia?
    —La responsabilidad civil, eso lo vuelve obligatorio. No es tanto más una ley sino un valor moral en cada uno de nosotros, nos guste o no.
    —Yo le llamaría responsabilidad social.
    —Cada cuatro años la misma historia. La cola que no avanza, los tarados que se masturban en el cuarto oscuro, los fiscales indolentes, el carnaval en los medios…
    —Insoportable, inaguantable, insufrible.
    —Te faltó ineluctable.
    De esa conversación metafísica, como si de dos mundos paralelos uno mudara algo al otro, se trasladó un comentario a la conversación real:
    —Nos conocemos. Puedo decir, sin miedo a que disientan, que no nos interesa votar a nadie. Votamos porque tenemos que.
    Los cerebros de los otros cuatro prendieron la luz de la queja políticamente correcta, pero la irreverente verdad del comentario los hizo callar.
    —Entonces pienso, divago, enloquezco, que debería haber un partido para gente como nosotros. Un partido donde puedan dejar su voto aquellos que no quieran votar porque no confían en los sinvergüenzas, o aquellos que no les interesa pero lo hacen para sentirse responsables.
    —¡Para eso está la izquierda!
    Rieron. Algunos más, otros no tanto.
    —No, en este partido nadie querría gobernar. No interesaría. Es sólo una urna para que la gente se sienta cívicamente responsable y que a la vez no tenga que elegir por elegir, o caer en el engaño de votar en blanco.
    —Me gusta.
    —Hagámos eso entonces.
    Risas.
    —Sí…
    —Un partido apolítico.
    —¡Ahí tenés el nombre!
    Carcajadas.
    —Al frente el Partido Apolítico, ¡carajo!
    El que haya experimentado una noche de botellas vacías estará de acuerdo que la mañana siguiente trae consigo el desconcierto, la jaqueca, por qué no la risa y tantas veces, tantas, el arrepentimiento. Sea una secuela u otra, es innegable que las noches de botellas vacías siempre traen algo consigo, y ese algo no es necesariamente un visto bueno a lo hecho horas atrás. Bien, los perseguidores de excepciones a la regla tendrán, en este caso, una más para anotar en sus cuadernos: los cinco, tan lúcidos como la sobriedad permite, estaban de nuevo ante la mesa haciendo planes sobre lo que acordaran la noche anterior. Al parecer, eso que sonaba tan chistoso, por no llamarlo ridículo, logró seriedad con la almohada, lo que nos dice mucho de las verdaderas aspiraciones de lo ridículo. Sonaron los teléfonos uno tras otro convocando la reunión, para el tropiezo del sol estaban dialogando sobre los rudimentos del Partido: iniciales, colores, lema, mensaje, y demás. Lo que trajo más complicaciones fue la elección de los líderes, porque ninguno quería serlo. De haber sido por ellos dividían el liderazgo, pero las reglas dicen que debe haber una fórmula con sus respectivas jerarquías, y entonces no tuvieron elección. Todo se decidió, en lo que resultó el momento más silencioso de la jornada, por sorteo; escribieron sus nombres en papeles pequeños que después abollaron y pusieron en un cenicero, mezclaron y retiraron dos. El primero resultó ser la mujer más joven, que se quejó de su mala fortuna. El segundo bollito descubrió al hombre de mayor edad. Los otros tres serían asesores, divulgadores, la inteligencia del Partido Apolítico.

    —Yo creo que lo que a la gente en sus casas le interesa escuchar es cómo surgió el APO.
    —Le pido por favor que aleje el micrófono porque me pone nerviosa.
    —Sí, lo siento. Decía, entre tantas preguntas que tengo para hacerle, algunas no las podría decir en cámara, se destaca esa que todos queremos escuchar, ¿cómo empezó este proyecto?
    —Si no puede decirlas en cámara eligió mal la profesión, le falta coraje para preguntar. El APO comenzó como cualquier otro partido, como una queja. Somos una urna para aquellos que votan porque así lo demanda la responsabilidad cívica. Para el nihilista. Para los que no caen ante el engaño del voto en blanco. Para los que ven víboras por políticos. El Partido Apolítico es un espacio que respalda la democracia y el desinterés por el accionar político.
    —Un desinterés causado por…
    —Los antecedentes políticos, señor, los antecedentes políticos.
    —¿Y cuáles son sus propuestas?
    —Creí haber sido clara. No tenemos propuestas porque no queremos gobernar. Estamos para que viva tranquilo el que no desea votar. En lo único que creemos es en la importancia de cada voto, como una porción de confianza que cada persona da de sí y nunca nada le es correspondido. Lo que queremos es corresponder, ser los primeros que devuelven algo a la gente a cambio de su confianza: la satisfacción de la responsabilidad.
    —Pero la gente puede satisfacer su responsabilidad votando a cualquier otro.
    —No aquellos que votan por votar, para sacarse de encima el sufragio. Creemos que eso daña a las personas y perjudica a la democracia.
    —¿Qué me dice de este exponencial reconocimiento sin siquiera haber colgado un cartel?
    —Que queda en evidencia la falsa omnipotencia de la contaminación propagandística. Que se subestima la efectividad del boca a boca.
    —Pero estamos hablando de una intención de voto del veinte por ciento en sólo cuatro meses de campaña. No hay precedentes al respecto.
    —Si quiere repito lo que respondí antes.
    —¿Y qué tiene para decirle a los demás partidos, sobre todo aquellos que cuatro meses atrás los atacaron sin piedad?
    —Nada.
    —¿Creen que se unirá más gente a la causa?
    —No lo sabemos y tampoco nos consta.

    Cualquiera hubiera dicho que las constantes tormentas de los meses posteriores eran consecuencia de la furia de los Partidos adversarios; como si cada insulto trajera un trueno; cada píldora, un refusilo; cada pensamiento negativo, una gota. Las ovejas, ¡las ovejas!, se perdían en el campo y no había forma de traerlas al corral. Ahora los que habían sido rivales se unieron ante un poderoso enemigo en común, y no anticiparon que este vínculo les jugaría en contra; el pueblo los miraba y decía, son iguales, ¿pueden creerlo?, al final sólo se mostraban diferentes, siempre fueron iguales, como dos gotas de agua. Entonces, tarde, estos Partidos rompieron la relación y volvieron a jugar a ser contrarios, criticando al APO cada uno desde su rincón. Indignados. ¡Indignadísimos! Lo que habían estudiado no los preparó para afrontar esta descabellada contingencia. Algunos pasaban noche y día buscando respuestas en el libro de la demagogia, pero nada encontraban. Desesperados, tomaron una resolución: la inteligencia de los Partidos, presionada por los capitanes que no sabían ya cómo maniobrar el timón, recomendaron el aumento presupuestario de la propaganda visual. Costó comprender la propuesta, claro, era cuestión de levantar la persiana y ver las calles, edificios, carteles y autopistas, murales y pantallas gigantes con los rostros de los líderes de los Partidos adversarios: ¿dónde cabía más propaganda visual si habían ocupado todo espacio? La inteligencia de los Partidos adversarios se defendió diciendo que en momentos trágicos es obligación romper los límites de normal, así introdujeron propaganda dentro de los bares, en los vestíbulos de los apartamentos, en balcones, suelas de zapatos, patios de escuelas, a lo largo de las calles, en baldosas de vereda, árboles, perros callejeros, vagabundos, inodoros, pizarrones, carritos de supermercado, pelotas de fútbol, automóviles, tatuajes de brazo, almohadas, espaldas y pechos, en cajas de pizza, papel higiénico, palomas, ratas y muchos otros sitios que no podrán ser mencionados porque el presupuesto de palabras de este texto es mucho más limitado.
Igualmente, obliga la verdad esta aclaración, no puede decirse que los Partidos adversarios llevaban la peor parte. Los medios de comunicación y los grupos económicos, valga la redundancia, sostenían con la mano temblorosa la pistola pegada a la sien en vista de los resultados de las últimas encuestas. Sus predecesores y los predecesores antes de éstos jamás tuvieron tamaño problema; todo marchaba como debía, nadie podía imaginar una herida de muerte a sus intereses. Y ahora no sabían qué hacer, porque por primera vez el dinero no solucionaría la contingencia. ¡En qué río sucio se ahogarían sus intereses! Y sólo podrían mirar, observar, porque la caña en sus manos azules iba sin anzuelo. Necesitaban un líder de los Partidos adversarios, uno sólo, cualquiera, para hacer de mediador entre el cielo y el infierno, infierno al que siempre huyeron, infierno que ayudaron a crear. Estos presionaban a los líderes, aquellos a la inteligencia, esos al pueblo, tales últimos no sucumbían ante la presión y así devolvían el golpe en sentido contrario. Un caos. ¿Qué iba a ser de ellos, titiriteros inoxidables, sin su títere en la copa del árbol?
    El seis está a mitad de camino entre el uno y el diez, casi, en realidad está más cerca del diez, ese número del pedestal, símbolo humano de lo sobresaliente. Porque lo obvio tiene la cualidad de no necesitar ser explicado, diremos aquí, entonces, que lo resaltamos: seis, en su carrera al diez, es más que tres, que cuatro o cinco; seis no es diez pero triunfa ante los dígitos predecesores. Todo esto demuestra por qué el Partido Apolítico ganó las elecciones, con seis votos de cada diez. Jamás hubo tanta incertidumbre ante la paradoja de que haya ganado el Gobierno, justamente, el Partido que no quería gobernar. Pero la ley es la ley, damas y caballeros, la democracia dicta su sentencia y hay que obedecerla. Jamás se sabrá si las multitudes abordaron el APO por falta de convicción política o por probar un poco de una ironía mayúscula, esto último porque sabemos que lo irónico deshace las reglas y da sensación de libertad. Justamente ironía fue lo que no percibieron los Partidos adversarios ni los medios de comunicación, que vivían algo así como su Apocalipsis. Hubo trompadas y narices rotas, sobre todo entre los líderes de los Partidos adversarios y su inteligencia, los primeros echando culpas y los segundos recriminando que faltaron más afiches por pegar, por ejemplo en la luna, decían unos, o en las montañas, aseguraban otros. Pero ya nada podían hacer, sólo observar al APO en la copa del árbol y tratar, por enésima vez, de bajarlo de un hondazo. He aquí un anticipo: no hubo hondazo capaz; el partido que no quería gobernar, gobernó hasta el último suspiro del último integrante.  

jueves, 20 de octubre de 2016

ACERCA DE “LINCHAMIENTOS” por Lucio Vellucci


La presentación del libro “linchamientos” en la Biblioteca, en el mes de septiembre, nos ha dejado, además de la satisfacción por la gran convocatoria, (lo que revela una avidez del público por instancias de debates profundas, seguramente vedados desde los poderes locales instituidos y el sensacionalismo mediático) algunas interesantes reflexiones que estimulan el planteo de nuevas preguntas y nuevos ejes de discusión.
El abordaje teórico de Ariel Penisi y de Bruno Nápoli ha proporcionado los fundamentos para sustentar una crítica radical a lo que han llamado “dosificación de los cuerpos” a través de un discurso de poder que históricamente moldea sujetos estigmatizados, a la sombra del sujeto modelo de la cultura hegemónica. El lenguaje como productor de sentido, fue pensado como el campo a través del cual se entabla una disputa, ya que le es inherente una carga política que imprime en el habla cotidiana un efecto de poder.
De esta manera, el abordaje de los expositores estuvo direccionado a la problematización del fenómeno de los linchamientos desde una perspectiva amplia, en el sentido de que no estuvo circunscripta a un hecho aislado. El planteo de sus exposiciones (y del libro presentado), estuvo enfocado a analizar las tensiones subyacentes en el fenómeno complejo de los linchamientos.
En primera medida, el linchamiento no es un hecho concreto solamente, sino que, para pensarlo, se toma una escala mayor de análisis, es decir, el objeto de estudio no remite a un acto grupal específico observable empíricamente, registrable o no de acuerdo a la presencia de dispositivos de filmación circundantes en manos de pasivos espectadores con el suficiente grado de perversidad.
Para entender los linchamientos desde una mirada desprejuiciada, es necesario preguntarnos por las formaciones culturales que van cimentando las condiciones de posibilidad de ese ‘hecho social’. Es decir, cuáles son las causas históricas y sociales que hacen que ante determinadas situaciones, de pronto emerja una reacción violenta, una manifestación de grupo que brota e irrumpe cuando la vida cotidiana parece desarrollarse normalmente. Para problematizar el fenómeno en su complejidad misma, debemos hacernos las preguntas adecuadas para no errar desde el comienzo y truncar toda posibilidad de arribar a una comprensión que nos permita visualizar de qué se trata (como está plasmado en la etapa del libro) “el policía que llevamos dentro”.
Los linchamientos son fenómenos que no surgen porque sí. No son en sí mismos el problema de una especie de ‘anomia social’ (para seguir hablando en términos de Durkheim), sino que son la manifestación del mismo, la punta del iceberg. Es decir, el linchamiento es el síntoma de un conflicto latente, en constante estado de ebullición, y que no se explica por una suerte de ‘sed de justicia’ de la ciudadanía. No podemos pensarlo como una mera respuesta popular a determinados delitos. No cualquier sujeto es ‘linchable’.
Debemos preguntarnos por ese sujeto potencialmente linchable, que existe antes del linchamiento mismo. Es decir, cómo el lenguaje mismo ya contiene una especie de linchamiento simbólico. Cómo se va conformando, entonces, cierto sujeto estereotipado, un ‘otro’ estigmatizado, pasible de ser linchado.
En el año 2013, en Córdoba, se produjeron una serie de linchamientos en masa, una noche en que, a raíz del acuartelamiento de la policía por reclamos salariales, un sector de la ciudadanía sale a linchar a ‘todo aquel que anduviera en moto y estuviera encapuchado, sea o no delincuente’, como explica un entrevistado del documental “La hora del lobo” disponible en internet.
La cultura hegemónica construye estereotipos y fabrica los lentes a través de los cuales vemos la realidad desde el sentido común (para hablar en términos gramscianos). El hecho de que un grupo de ciudadanos, en distintas ocasiones, emprenda la tarea de hacer ‘justicia por mano propia’ nos revela que, por un lado, ha calado muy hondo la idea de que los mecanismos legítimos de justicia son ineficientes, y por otro lado, estaría habilitado cierto accionar que, si bien porta el discurso de impartir ‘justicia por mano propia’, está impulsado por una fuerte carga emotiva de odio. El linchamiento no busca resarcimiento sobre un delito, busca venganza. Por eso no es justicia. Lejos de tener un justificativo racional, es puramente emotividad lo que lleva a esa acción.
Para dar respuesta al primer punto hay que tener en cuenta que, de acuerdo con Foucault, ‘la funcionalidad del sistema de justicia es justificar la acción policial’. Es decir, registrar a nivel legal el accionar represivo de la policía, darle legitimidad al discurso de poder que se ejecuta en la sola presencia del efectivo policial como garantía del ‘orden público’. El hecho de que en determinado momento brota en el ciudadano común el ‘policía que lleva dentro’ hace que nos preguntemos si no debe interpretarse como una demanda hacia ese nivel de registro de la legalidad de la violencia instituida que permita una intensificación de la represión policial.
Por otra parte, ese estado latente en que los discursos hegemónicos, de un modo sutil, van sentando las bases para exterminar a ese sujeto ‘linchable’, requiere en algún punto de la cooperación del ciudadano que, con la suficiente carga de odio a un ideal ‘otro’ al que exterminar, termina actuando sobre un ciudadano particular y concreto en el que se aplican las características de ese sujeto ideal, estereotipado, linchable. El discurso dominante, desde todos los dispositivos de poder, estimula el odio a ese ‘otro’ y la necesidad de venganza de un ‘nosotros’ desamparado, a la intemperie, inseguro. Hay un ‘otro’ linchable porque el odio que motiva es previo. Se odia a un sujeto ideal y la violencia se descarga sobre un sujeto particular y concreto, representativo de la otredad rechazada. Los nazis odiaban al ser judío, la esencia judía. La otredad constituida a la sombra de la moral dominante es cierto estereotipo de delincuente al que es necesario exterminar, porque lo que se niega es el ser-judío, el ser-negro, el ser-chorro, etc. El lenguaje de la dominación trabaja con asociaciones esencialistas.
Es posible preguntarnos, entonces, si el linchamiento es el síntoma de la eficacia de ese discurso dominante que ha sembrado en cada sujeto la necesidad de un perfeccionamiento de los sistemas de represión hacia la ciudadanía. El linchamiento (y la aceptación generalizada del hecho) es la evidencia empírica de la asunción del rol policial por parte del ciudadano y el placer en la negación física de un sujeto ‘otro’, ideal y bien definido. La instauración de ese rol vigilante que asume cada ciudadano respecto del de al lado, es propia del fascismo.
Ese mismo discurso hegemónico (se sobreentiende por eso lo dicho, pero también las múltiples formas de lo no dicho explícitamente) sienta aquellas condiciones de posibilidad que permiten desplegar las acciones directas que consiguen, una vez consumado el hecho, desvanecido de la esfera de las novedades sensacionalistas de cobertura mediática, una política efectiva e inmediata que lleva, por ejemplo, al poder municipal a intensificar su política coercitiva en la ciudad. Porque, qué queda del hecho aislado que ya nadie recuerda sino una consecuente amplificación de la red de cámaras de seguridad que comporta una inversión de más de doce millones de pesos para incrementar la vigilancia perpetua.
La intensificación de la administración de nuestras libertades se da de manera directamente proporcional al aumento de la administración de la delincuencia por la mafia narco-policial.
Algunas preguntas para terminar (o tal vez, para empezar desde nuevos nudos problemáticos):
¿De qué modo los dispositivos de disciplinamiento mediático oficializan el discurso fascista en cada sujeto que lo asume por sí mismo? ¿De qué manera se despierta en una parte de la ciudadanía cierto placer en asumir el rol policial y la pretensión de que a nivel legal, el sistema de justicia, institucionalice dicha práctica?





Bajo la Holgura Semántica del Capital por Nahuel Valle


 
               Poco ha, que el 12 de octubre -centro neurálgico de disputas semánticas- se esfumó del almanaque; consigo también, van las reflexiones.
Cierto acostumbramiento a debatir según la agenda impuesta por los mass media –como los nomina Guattari en “Caosmosis”- condiciona fuertemente, sesga, o hasta imposibilita la refundación histórica del sujeto.
La vertiginosidad con la que el sujeto construye su temporalidad existencial, cual cúmulo de instantes vacíos y homogéneos  a espectacularizar, hace que, de alguna manera cuasi totalizante, el ser se encuentre imposibilitado de constituirse en tanto sujeto histórico.
Preguntarnos entonces no ya cómo pensamos el 12 de Octubre, bajo qué categorías que con cierto aire kantiano trascendental le brindan al sujeto una cuota de tranquilidad epistémica; sino: Cómo, de qué manera, bajo qué formas aquel etno-genocidio acontecido hace poco más de medio milenio sigue matando en nosotros y, por sobre todas las cosas, a Nuestra Tierra; deviene necesario.
Juan Bautista Alberdi, unos de los mentores de la Constitución Nacional, materializó –el lenguaje se hace carne- la siguiente frase bajo el signo “Civilización o Barbarie”: “Tomad a todos los gauchos de la pampa, educadlos durante cien años, y nunca llegarán a ser lo que es un obrero Inglés”.
Si se cita beneplácitamente el preámbulo de la Constitución, donde yace que todo ciudadano del mundo puede habitar el suelo argentino, nos “olvidamos” de que la ciudadanía gestada bajo los símbolos de “Libertad”, “Fraternidad” e “Igualdad” paridos por la Revolución Francesa, solo eran derechos del Hombre blanco y europeo; ellos eran los ciudadanos del mundo y, solo ellos. Ellas no. Como también, nos “olvidamos”, de que fue La Revolución Haitiana conducida por esclavos libertadores, la que no solo expulsó de sus tierras al ejército napoleónico, sino que además, obligó a la Revolución Francesa a dar el paso hacia la abolición total de la esclavitud.
Si solo ponemos el foco en el problema en tanto problema categórico  -con todo lo que ello implica- caeríamos en un excesivo posmodernismo en el que el sujeto se pierde inmerso en, siendo un producto de, la textualidad deconstruida, o, a deconstruir.
Un lector presuroso nos podría, de manera presurosa también, objetar que: “Es mucho mejor hablar del “Día de la Diversidad Cultural” y no del “Día de la Raza”…” No se trata, por lo menos no lo pensamos en esos términos, de si es “mejor” o “peor”; las oposiciones binarias irreductibles no son las más adecuadas para la reflexión. El artículo “Lo dual ideológico como forma de lo no pensable” de Lucio, con quién problematizaremos en las líneas venideras, da cuenta de ello. Decíamos entonces que no se trata de si es “mejor” o “peor”, sino de reflexionar sobre la necesariedad de una nueva cosmovisión, de crear una nueva forma de relación entre el ser y la Tierra -puesto que en ella el ser es- que no se logrará nunca a la saga de la holgura del capital.
Frederic  Jameson en su obra “Posmodernismo o  Lógica funcional del capitalismo avanzado” da cuenta, en consonancia dialéctica con Lenin y su “Imperialismo. Fase superior del capitalismo”, que la “diversidad cultural” entendida como la pura textualidad que produce subjetividades, donde el sujeto particular y concreto yace desbordado de narrativas que lo vuelven prescindible, es la lógica funcional del capitalismo avanzado ¿Por qué? Pues, la Multiculturalidad en tanto categoría, en tanto pura textualidad, sin sujeto, lleva inscripto dentro de sí el Etnocidio; lo legitima en pos de la mundialización de la lógica del capital, en pos de la maximización del plus valor. Detrás de la bonita, “permisiva” y “tolerante” (dentro de estos significantes yacen la propiedad privada y la total homogeneización del sujeto) cara del multiculturalismo se encuentran un niño en Malasia produciendo zapatillas Nike en condiciones poco, o nada humanas, y un Río en San Juan totalmente contaminado por cianuro. “Jamás se ha dado un documento de cultura sin que lo sea a la vez de barbarie” sentencia Walter Benjamin en su “Tesis de Filosofía de la Historia”
Lejos estamos de por solo nominar al 12 de Octubre en tanto “Día de la Diversidad Cultural” construir cultura contra-hegemónica en un sentido gramsicano. Solo estamos yendo a la saga de la holgura del capital; con su tiempo, que no es el de Vida, y en su lógica funcional, que no es la de la Tierra.
¿Qué es, entonces, el “Día de la Diversidad Cultural”? Se nos podría responder que es el día del “respeto” por otras culturas, o, la celebración de los encuentros culturales, o, el día en el que se celebra que se tiene respeto por culturas Otras y, por el Otro. Pero… ¿Cuáles “otras culturas”? ¿Cuál Otro? ¿Aquel Otro que es Otro en tanto que es semejante a mí? ¿O el Otro, con su piel, su carne, sus huesos, sus formas de existir? ¿Cómo se encuentran esas culturas? ¿No se haya, acaso, detrás de ese “encuentro”, el día 12 de octubre de 1492, la génesis del capitalismo, aquella que Marx nominó en tanto “Acumulación Originaria”? El “Día de la Diversidad Cultural” ¿No es un disfraz de la violencia sistémica? ¿No es una operación fetichista que esconde la explotación del ser y de la Tierra?

 --------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Siempre que algo se muestra, algo se oculta; y paradójicamente, de eso que se muestra, hay algo que no se ve. Tal es el funcionamiento de la Ideología. Mostrar ocultando, y, de aquello que se muestra, vedar una arista.
Coincidimos con Lucio. Su artículo “Lo dual ideológico como forma de lo no pensable” es una clara explicitación del funcionamiento de la ideología.1
¿Qué es lo que se busca ocultar detrás del muestrario ideológico? Y de aquello que se muestra ¿Qué es lo que no se ve?  ¿No está detrás de aquello, quizá, la propiedad privada, cual Real lacaniano del capitalismo? ¿No se encuentra acaso detrás del “Día de la Raza”, la misma violencia sistémica, que detrás del “Día de la Diversidad Cultural”? ¿Hay alguna diferencia entre Cristóbal Colón y  los suyos, que en tan solo tres meses destruyeron a los Taínos, y, la “Barrick Gold”, “Chevrón” y Gustavo Grobocopatel? ¿Por qué, pues, la ideología oculta lo que oculta?
La dialéctica del Amo y el Esclavo hegeliana, en su lectura marxista, lleva dentro de sí la respuesta.
Lo que hace que el Amo  (Burgués) sea lo que es, es la posesión de los medios de producción. El esclavo  (proletario), en cambio, nada posee más que su fuerza de trabajo; no tiene nada que perder, todo por ganar ¿Si se revela? El Amo dejaría de existir.
1 ¿Se puede escapar a la ideología? ¿No deberíamos, acaso, problematizar con el dictum althusseriano de que nadie escapa a la ideología, puesto que nos interpela, nos da un potencial lugar de sujeto? Preguntas todas que este artículo no busca responder.

                  Un Terror Ontológico acomete al Amo ante la inminente pérdida de la propiedad, ante la intromisión, por fuerza revolucionaria, de lo Real lacaniano del capitalismo. Aquello que si se toca, el capitalismo -y consigo va el Amo- dejaría de existir. 
  Este Terror Ontológico se manifiesta a través del aparato ideológico, cual guardián del status quo, en sus tres vertientes: El Odio de clase, a través de la violencia indiscriminada (macrismo-golpes militares).
   El populismo, donde la violencia sistémica se legitima a través de la “beneficencia social” (Kirchnerismo-Peronismo).
   El cristianismo, donde la violencia se legitima a través del sufrimiento y martirio, y los oprimidos reciben el fruto de la caridad –en esto en nada se separa del kirchnerismo- representado hoy por el Papa Francisco.     
¿Cómo desentramar entonces al aparato ideológico? Haciéndole preguntas al sistema que no puede responder. Preguntas en las que el sujeto exista.
Qué pasaría si…. Nomináramos al 12 de Octubre en tanto “Día de la Reivindicación de nuestra Negritud”  y si tomásemos como estandarte el artículo 14 de la Revolución Haitiana y dijésemos que: “Todos, sin importar el color, cualquiera sea nuestro color: Somos Negros”
------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Lacan nos dice en su “Ética del Psicoanálisis” que “Marx aspira a un Estado donde la emancipación humana no solo se producirá políticamente, sino realmente, y donde el hombre se encontrará con respecto a su organización, en una relación no alienada”. Nosotros también.
 El 11 de Septiembre del 2001 se intentó borrar a Salvador Allende; por esa extraña caución de la Historia -esa que Marx llamó materialismo histórico- ese mismo día, el capitalismo fue castrado.
No tardará pues -no tiene que tardar- en repensarse desde el clítoris orgásmico de la Tierra, el concepto de Revolución.
“La Naturaleza lucha contra la explotación del proletariado” (Benjamin, Walter; Tesis de Filosofía de la Historia)

  


   
     

martes, 4 de octubre de 2016

Mi lapicera - Por Ivo Marinich


Yo no tengo dudas de que toda persona tiene su lapicera que le quepa. Es cuestión de encontrarla nada más. Pueden ser industrialmente idénticas, pero la mano armoniza con una sola; la que logra amoldarse a las curvaturas y contornos, la sensibilidad de ciertos dedos, la piel quisquillosa, a veces dura y tantas otras suave. Como no todas las manos son iguales, tampoco puede serlo su vínculo con las lapiceras.
Pongo por ejemplo mi relación con Morena. La encontré un día tirada, sola, descuidada entre zapatos y tacos que le pasaban al lado. Cuando la levanté, mi mano se llenó de algo parecido al amor; convergieron al primer contacto, hasta bailaron juntos sobre un papel que llevaba en el saco, ella dejaba su marca con un azul oscuro precioso, indeleble tinta cuyos surcos dibujaban fantasías. A partir de entonces no pude escribir con otra lapicera, ni siquiera lo concebía. De seguro mi mano se hubiera sentido torpe, ebria; la letra me hubiera salido fea, inentendible, y es probable que hasta hubiera cometido esos errores de ortografía que tanto quiero evitar. Además ¿por qué escribir con otra? Ella, a través del puño, representaba mi alma, ¿qué otra hubiera logrado cosa semejante? No es lógico andar buscando en otro lado lo que uno ya tiene.
Sin embargo debí hacer algo mal. Será que enojado comencé a escribir relatos lúgubres y monótonos; será que apreté mucho el puño contra la hoja o que en una crisis de nervios la mordí por demás. Pudo haber sido cualquier cosa. Cierto es que la tinta comenzó a menguar. Es lo que sucede con las lapiceras, si uno desperdicia la tinta al poco tiempo termina acabándose. Comenzó haciendo desaparecer algunas letras. Yo en mi fuero interno sabía que se estaba acabando pero la apretaba y me enojaba porque no me respondía. Después fueron palabras enteras. Me cansé y entonces tomé cualquier otra, echándole la culpa del reemplazo. Cuando se me pasaba el disgusto volvía a ella y escribía de nuevo suavemente, acompañándola con lentos zigzagueos de la mano.
Un día desapareció. No la encontré en el escritorio, ni sobre la mesada, tampoco entre la suciedad del piso. Pienso que quizá la llevé conmigo y cayó del bolsillo cuando tuvo la oportunidad. Es probable que alguien ya la haya levantado, ya recargado la tinta para ser su mano la que baile al son de Morena. Lloré la pérdida. Mi puño se endureció, tanto que pensé que había muerto. Pasaron semanas para que pudiera volver a escribir, torpe, indolentemente.
Hoy sé que mi relación con ella tenía los días contados, así como yo tengo los años. Me hubiera gustado hacer de ellos algo más digno. Quién dice, de haberla cuidado, quizá hoy todavía bailaríamos juntos. De vez en cuando miro las baldosas de la calle, sabiendo que busco lo que no se busca, lo que un día tuve la suerte de encontrar.

viernes, 16 de septiembre de 2016

¿QUE SOCIEDAD QUEREMOS? - Por Guillermo Colella


   No es ninguna idea de vanguardia ni original que utilizamos utopías como estrellas guías para direccionarnos hacia la sociedad que anhelamos. Nos valemos de ideales rectores que no necesariamente se corresponden con lo que acontece en la realidad cotidiana. Por este motivo, aquellos que tratamos de tocarlos con nuestras manos  se nos tilda de soñadores, de vivir en una realidad que solo existe en nuestras mentes y deseos.
   ¿Es acaso irreal pensar que las cosas pueden cambiar? ¿Es ilógico creer que la sociedad puede ser diferente? La respuesta a ambas preguntas es NO. Si así lo fuera, aun estaríamos viviendo en una época de oscurantismo. Vivieron personas que se atrevieron a imaginar las cosas de manera diferente, lucharon por cambiar las verdades que se creían absolutas e incuestionables. Hubo, hay y habrá soñadores idealistas que irán en contra de la corriente del sentido común, en contra de la apreciación de los hechos de sus contemporáneos. No son pocos los locos que así sueñan.  
   Kant  nos dio una idea de libertad, que es una más en la larga historia de la filosofía, pero nos atañe por lo que aquí queremos exponer. Muy escuetamente explicada, plantea lo siguiente: en el reino de la causalidad y la necesidad -que es el mundo de la naturaleza- el hombre no es libre, pues nunca podrá escapar a la determinación de la ley de causa-efecto. Ud. no puede elegir vivir eternamente, no puede elegir no morir. No obstante, en el reino inteligible o transcendental donde rigen las leyes de la moralidad el hombre si es libre, pues el se sitúa como punto inicial, como originador de un acto y sus consecuencias. No hay constricciones externas si no que la propia voluntad es la determinante. En otras palabras, para Kant, en el ámbito de la moralidad el hombre se vuelve plenamente responsable de sus actos. Puede decidir realizar o no determinada acción, siendo esta capacidad de elección la Libertad en sí puesta en práctica. Aquí, para el filósofo, la regla para decidirse por una alternativa son las leyes éticas que atañen al Deber Ser.
   Sabemos que esta postura kantiana ha sido criticada desde distintos puntos, principalmente sosteniendo que esta es una visión moralista  euro-centrista de la época en la que vivió. Sin refutar esto, llamamos la atención de que aquí nos interesa una cuestión que creemos central: EL hombre es responsable de sus actos. En última instancia, y aunque se encuentre en peligro su vida, él es libre de elegir si roba o no, si cobra venganza o no. Matar es matar, ya sea deteniendo o perpetrando un delito, como soldado en una guerra, o en defensa propia. Aunque él no matar signifique perder la vida, el hombre sigue teniendo la libertad y responsabilidad moral de elegir matar o no. El Deber Ser está siempre presente, no caduca.
    En este punto ¿Qué moral queremos como estrella guía para nuestra  sociedad? ¿Por cuál utopia queremos luchar? No podemos atrevernos a tomar el derecho de decir lo que piensan o creen todas las personas, pero si podemos decir cuál es la sociedad que nosotros queremos. Queremos una sociedad que no se rija por la Ley del Talión, sino por la idea de Mohandas Karamchand Gandhi “ojo por ojo nos quedamos todos ciegos”. No somos ingenuos, sabemos que esta es solo nuestra estrella guía, sin embargo, hay caminos y caminos para llegar a esta meta.
   ¿Qué camino consideramos adecuado? El del Estado de Derecho, a sabiendas que subyacen en el desigualdades, injusticias, imperfecciones y lagunas legales - aunque Hans Kelsen diga que estas no existen -. Todas imperfecciones, en algunos casos malevolencias, que pueden ser modificadas, cambiadas – si es que así lo deseamos-.
   ¿Con que sustento filosófico-político? Con el que postula que el hombre ingresa o funda – para nuestra argumentación es indiferente cual de los dos- la Sociedad Civil para resguardar la vida y la propiedad (entendida en sentido amplio), pero también renuncia a la potestad de hacer justicia por mano propia, debido a que al ser parte de la causa, sus pasiones pueden transformar en un parpadeo la justicia en un castigo desmedido, más aun, en venganza o sed de sangre. Solo mencionaremos, porque no podemos y no debemos omitir, que la Libertad y la Igualdad deben ser pilares de esta sociedad civil. Pilares que están en una constante y muchas veces insalvable tensión, pero esta discusión exceden a este escrito.
  ¿Cómo transitar este camino? Podemos guiarnos con una historia. Estaba un grupo de rebeldes sobre un punto alto de un cerro, por un camino al píe de este pasaba una caravana de soldados enemigos, los cuales no tenían oportunidad de defensa, siquiera de percatarse de la situación en la que se encontraban. Los rebeldes tenían en la mira a los soldados enemigos, solo aguardaban la orden del comandante para abrir fuego. Sin embargo, este dio la orden de no disparar. Los rebeldes desconcertados e indignados le preguntaron por qué no dio la orden de disparar, si los soldados los hubieran fusilado de ser el caso contrario. El Comandante les contesto: Justamente por eso no podemos y no debemos disparar. ¿Qué sentido tiene luchar por cambiar las cosas si nos comportamos de la misma manera que lo hacen los que nos subyugan? Si cambiamos las cosas debe ser para crear un mundo mejor. Debemos crear un nuevo hombre.
  Soñamos con una sociedad que no este preocupándose por la impunidad, por que los delincuentes reciban un castigo, si no con una que vuelque todos sus esfuerzos para evitar las condiciones estructurales-sociológicas-medioambientales que sirven como caldo de cultivo para que surja la delincuencia. Con esto nos referimos a que se trabaje conjuntamente para terminar o al menos disminuir lo más posible la pobreza estructural y no solo la coyuntural. A que se trabaje para garantizar una educación universal y de calidad. A que se trabaje para que la salud sea de calidad  y verdaderamente pública, no mediada por obras sociales. A que se trabaje para generar una verdadera igualdad de oportunidades para la vida en sí. A que se trabaje para generar puestos de trabajo, sin que sea una premisa la predación del planeta y la objetivación del ser humano. Estas son los tópicos a trabajar para terminar con la delincuencia, no el camino de la mano dura y aumentar los efectivos de seguridad. Estas últimas dos son soluciones paliativas, no definitivas, y muchas veces contraproducentes. 
   Quizás no veamos en vida esta sociedad, pero eso no implica que no debamos luchar por su construcción para que puedan vivirla las generaciones futuras. Y si es que no llegamos a lograr crearla para nuestros descendientes, debemos dejar sentado el ejemplo de que hicimos todo lo posible, todo lo que estuvo a nuestro alcance para poder llegar a ella.


lunes, 12 de septiembre de 2016

BOCANADA - Por Bárbara Basbus

Comienza el fuego una vez más. Ella permanece en el límite exacto entre el nerviosismo y la ansiedad. Camina de lado a lado en la habitación. Se sienta en su cama, frotando sus húmedas manos en el gastado jean. Pero eso no basta. No la tranquiliza. Insiste en pararse y volver a caminar.
Una bocanada, dos, tres. Se siente poderosa, valiente. Imagina que abre su puerta y lo enfrenta, hasta que un grito interrumpe sus utópicos pensamientos. Se paraliza; esas palabras, esa voz, erizan su piel, aceleran sus pulsaciones y no se permite pensar con claridad. Ahora permanece en el suelo, junto a su cama. Entre sus rodillas esconde la cabeza. Se siente abrumada, golpeada por los recuerdos de su infancia. Los odia, lo odia, se odia. Recuerda esa mirada tan oscura, siniestra que la obligaba a callar. Llegar de la escuela, apresurarse con su merienda para encerrarse en la pieza y estar lista para la función, los gritos llegarían a las seis.
Los juguetes carecen de sentido, muñecas, peluches, juegos de cocina, nada resulta importante porque no la entretienen. Se pregunta por qué su casa está sumergida en este infierno. ¿Será igual la de sus compañeros de escuela?No lo sabe, pero sí tiene seguridad de que no debe preguntar. Inmediatamente la voz de su madre vuelve a su mente con la frase que más escuchó: - Papá se enoja seguido, pero te quiere, a su manera nos quiere. Inés calla, sólo la mira. No comprende tanta ingenuidad. Vuelve en sí. Inés levanta la cabeza de entre sus piernas. Seca el sudor de su nuca y convierte su pelo en un improvisado rodete.
Una bocanada, dos, tres. Su bronca y miedo se potencian, al punto de dejar escapar un llanto ahogado, oprimido. Se mira en el espejo e intenta secar sus lágrimas. Su cara ya no es su cara. Está llena de ira, de dolor, sus ojos hinchados y colorados, la desfiguran aun más.
- ¡Inés, Inés! Los gritos de su madre otra vez la perturban. Gritos desesperados clamando piedad, pero Inés aun no puede abrir la puerta. - ¡Callate de una vez, hija de puta! Y una seguidilla de golpes se oye. Pasos desesperados por toda la casa, sillas que se caen, un vaso que estalla, llantos, gemidos, súplicas. Nada parece hacer reaccionar a Inés.
Una bocanada, dos, tres. El fuego del cigarrillo está cada vez más próximo a sus dedos, ya puede sentir el calor llegando a su piel, el sabor más concentrado en su boca, y el dolor del pecho insiste en persistir. Sabe que tiene que actuar, pero se paraliza, duda, llora y se convierte en la cobarde que todos los días pierde la misma batalla.
Una bocanada, dos, tres. Ya no tiene tiempo. El escenario es penoso. Su madre llora como un bebé recién nacido: llanto corto, ahogado, constante. Mira su mesa de luz con un desprecio aun mayor que a su padre. Allí permanece la biblia, junto con el rosario blanco que su madre le obsequió cuando niña. Lo mira, lo aborrece. Una vez más se pierde en sus recuerdos. Noches infinitas en las que rezaba, en las que suplicaba simplemente que todo terminase. Hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra. ¿Acaso ésa era la voluntad de Dios? ¿Por qué? ¿Debía merecerlo? No hay respuestas, nunca las hubo. Recuerda claramente cómo, luego del llanto y el pánico, llegaba la calma plena abrazada a su peluche y al crucifijo. Hoy, esos paupérrimos objetos no la rescatan.
Una bocanada, dos, tres; lee la frase que escribió en su cuaderno la noche anterior.
“Pienso que si existiera un Dios, habría menos maldad en esta tierra. Creo que si el mal existe aquí abajo, entonces fue deseado así por Dios o está fuera de sus poderes evitarlo. Ahora, no puedo temer a un Dios que es malicioso o débil. Lo reto sin miedo y me preocupa un comino sus rayos”. - Marqués de Sade.
Esas palabras le dan toda la valentía que necesita. Toma el arma, abre la puerta. Ahora es su padre quien de rodillas, suplica. El humo se dispersa en una bocanada, dos, tres.