viernes, 24 de febrero de 2017

"Milagro Sala" por Claudio Peraita


A poco más de cumplido el año de la ilegítima detención de la dirigente social y diputada del Parlasur Milagro Sala, y recordando tanto los apoyos que ha recibido su causa como los pedidos de liberación emitidos por la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Grupo de Trabajo contra la Detención Arbitraria de Personas de las Naciones Unidas, es necesario repasar los hechos acaecidos e intentar comprender por qué un gobierno provincial y uno nacional persisten en sus posturas, cuando parece que el mundo nos escruta -y pareciera que no pasamos el examen-.

Comenzando por el principio, la Túpac Amaru es una organización social que nace en el año 2001, víctima de la saña del menemato que en los noventa declaró a esa parte del país como: “territorio inviable”. Esta organización no es una “creación K”, sino que nace de una multitud de trabajadores desocupados que, organizándose, lograron en este tiempo la construcción de 2 escuelas, 2 hospitales, más de 1500 viviendas y plantas textiles generando más de 4000 empleos y devolviendo dignidad a los argentinos de ese extremo boreal de nuestro territorio. Su lema es “trabajo, educación y salud”: difícil estar en contra de tamaña consigna.

La enemistad manifiesta entre el ex senador Morales y Sala no es nueva. A finales de la década pasada, el entonces senador la denunció por crear un estado paralelo en la provincia. ¿Y cómo no la denunciaría? si le estaba dando dignidad y trabajo a “los negros” que siempre habían comido de su mano y por obra y gracia de la caridad del establishment local. Los jujeños estaban accediendo a la decencia, a la cultura del trabajo, a un hogar: algo inconcebible para el radicalismo actual.

Los hechos.
A mediados de diciembre del 2015, empieza un acampe de distintas organizaciones de cooperativistas frente al edificio gubernamental provincial pidiendo que el ajuste que viene teniendo lugar en todo el país, no llegue a los fondos para cooperativas.
En principio, Milagro Sala es detenida bajo los cargos de “tumulto” e “instigación a cometer delitos”. Esto fue el día 16 de enero de 2016, siendo la única causa la de haber propiciado la protesta antedicha. Claramente, al gobernador no le cae bien el derecho constitucional de la protesta social.
Menos de tres días después, el gobernador jujeño pone a dos miembros de su partido (que habían sido electos como diputados) en el Tribunal Supremo de Justicia de Jujuy pasando este de 5 a 9 miembros. Este es un claro hecho de manipulación del servicio de justicia: improcedente e inconstitucional, calcando la jugada macrista de poner dos jueces de corte por decreto (como se intentó hacer con Rosenkrantz y  Rosatti en el plano nacional). En este caso, los partidarios radicales que ahora forman parte de la Corte jujeña son Pablo Baca y Beatriz Altamirano.
Luego de 14 días privada de libertad sin haber sido condenada, Milagro Sala es liberada por los anteriores cargos para ser inmediatamente detenida bajo la acusación de “asociación ilícita”, “fraude contra la administración pública” y “extorsión”. Esto fue denunciado por el fiscal provincial bajo la orden directa de Morales, al contemplar la inminente puesta en libertad de su enemiga.
Por otro lado, también es necesario hacer referencia a la alineación injustificable del poder judicial jujeño con el gobierno provincial que, mientras no responde a los pedidos de excarcelación, frena las presentaciones hechas en contra del gobernador por abuso de autoridad en la suspensión de la personería jurídica de la organización social Túpac Amaru y por un intento de allanar la sede del partido político sin orden judicial. En adición, tampoco atiende a organismos de derechos humanos que se interesan en el caso.

Los apoyos.
Hasta las primeras semanas de febrero de 2016, la detención de Milagro Sala fue rechazada por Amnistía Internacional, eurodiputados, el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, Julia Perie (diputada del MERCOSUR y presidenta de la comisión de ciudadanía y derechos humanos), organizaciones como el Colectivo nacional de abogados de lesa humanidad, CELS
(Centro de Estudios Legales y Sociales), Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Asociación jujeña de ex presos políticos, H.I.J.O.S. Jujuy y Capital, Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, APDH (Asamblea Permanente por Derechos Humanos), Comité de América Latina y Caribe para la Defensa de los Derechos de las Mujeres (CLADEM Argentina), Curas de la Opción por los Pobres, y gremios (CTA, ATE, SUTEBA), entre otros. A febrero de 2017, con los apoyos efectuados por ONU y OEA, el país indubitablemente se gana el rótulo de ser un estado donde las garantías al debido proceso no se respetan, donde la presunción de inocencia es impracticable, y donde –ni más ni menos- hay presos políticos.

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Estas palabras las había escrito, casi en su totalidad, en febrero del año pasado. A un año y doce días, para ser exacto. Teniendo que escribir, después de mencionar algún mes, los números “2016” (para que pueda ser leído coherentemente en la actualidad) me provoca un inefable desconsuelo el comprender que el país en el que vivimos sólo está cambiando para peor. Donde todo puede ser tapado: donde el país se vuelve a endeudar en sumas astronómicas; donde existen “papeles de Panamá” que son documentación respaldatoria de operaciones de lavado; donde, en el éxtasis de la ignominia, el estado intentó perdonar la deuda del grupo Macri para con el mismo en una suma de más de 70.000 millones de pesos.

En contra del desconsuelo.
Liberen a Milagro.


PERAITA, 19-2-2017


lunes, 20 de febrero de 2017

"Miss mercancías" por Lucio Vellucci


Primero un poco de historia

La historia de la cultura occidental es la historia de la dominación de los cuerpos. Si tenemos en cuenta el papel de la ideología imperialista católica observamos, con León Rozitchner en “La cosa y la cruz”, que acompañó los procesos de acumulación de capital, lo que no pudo darse sin un sometimiento continuado de las masas populares expropiadas de sus medios de vida. Es decir, no se puede pensar el sistema de dominación capitalista sin tener en cuenta la ideología católica en la historia y en el presente.
La religión ha tenido un rol más que significativo en cuanto a la construcción de los mecanismos de dominación ideológica sobre la población. Si pensamos en los mandamientos católicos, observamos un intento de reprimir el cuerpo, de limitarlo, de trazar las fronteras de la satisfacción de sus propios deseos. Como dice el pensador argentino citado con anterioridad, al instaurar el sentimiento de culpa adentro de cada uno, el poder empieza a dominarnos desde adentro. Se alimenta de la culpa por nuestros pecados.
Es el cuerpo propio, entonces, el campo de batalla en donde se juega nuestro sometimiento al poder y nuestra libertad. El poder, entonces, no siempre es algo exterior, y allí radica la efectividad de la dominación, forma parte de nosotros, de nuestra propia identidad, nuestros ‘valores’, nuestra moral. Como diría Faulkner en una de sus novelas “como hacemos con el caballo que nos conduce por un terreno arbolado, y al que solo dominamos cuando le hacemos creer que somos nosotros, y no él, los más fuertes; cuando le impedimos percatarse de su poder”, así parece actuar el poder sobre nosotros mismos. Y ello porque no lo vemos tal cual es, no vemos que si funciona la dominación es porque hay una colaboración de los sometidos. Ignoramos nuestro propio poder colectivo, que radica en nuestra corporeidad común.
Todo el tiempo le prestamos el cuerpo al poder para que nos siga dominando. Y el poder del imperialismo católico, para poder dominar, ha robado los cuerpos. Es decir, los ha mutilado de la misma manera que el poder del sistema de explotación capitalista. Pero no son poderes ajenos uno del otro, sino dos partes de lo mismo. Pensemos que la instauración del modelo de familia patriarcal no ha podido darse sin la colaboración de ambos sistemas de dominación. El cuerpo, pero sobre todo el cuerpo de la mujer, es el territorio del pecado. Por eso a lo largo de la historia occidental vemos cómo han podido ir variando las distintas formas en que los poderes instituidos han logrado reprimir el cuerpo.
Eva fue la primera mujer revolucionaria cuando, desobedeciendo al poder, da rienda suelta a la tentación y come la manzana prohibida. Sin embargo, pareciera que esa rebeldía inicial le enseñó al poder que no se podía confiar en ellas, que había que perfeccionar los mecanismos de represión. El modelo ideal de la mujer dentro de la Iglesia luego fue la virgen, quien procrea por obra divina. El relato mitológico de la concepción de Cristo da cuenta de esa expropiación del cuerpo a la mujer. En ella todo es espíritu, separado, del cuerpo. Es una mujer asexuada.
Esto sigue, por ejemplo, con la concepción renacentista del cuerpo. El Hombre se mira por primera vez los órganos, se divide el cuerpo parte por parte, se lo disecciona, se lo clasifica, se lo descompone y pierde su unidad. No es un todo, son partes de un mecanismo. Y en el dualismo cartesiano persiste la dualidad alma-cuerpo. El cuerpo, entonces, siguió siendo la cáscara, el envase de algo superior: Razón, Espíritu, Alma.
Es decir, no sólo la cultura capitalista ha expropiado a los seres humanos los medios de vida, lo ha separado de la tierra para incluirlo en el sistema de producción en las fábricas, sino que también le ha expropiado su propio cuerpo. Los poderes dominantes intensifican esa expropiación y así acallan todas las potencialidades liberadoras de un cuerpo. Pero, insistimos, esa coerción no viene de afuera. Lo que viene de afuera es solo la amenaza, la afección de temor, el terrorismo. La culpa ya ha sido instaurada y seamos o no adeptos a tal o cual credo, las normas morales ejercen presión en la cultura en que vivimos. En la Edad Media el terror era la amenaza del infierno, y cuando las cosas se iban de la mano, cuando el caballo comenzaba a sospechar que el jinete no fuera tan poderoso como parecía y que podía elegir la dirección de su propio galope, entonces la hoguera, la Inquisición, y también sus formas de dominación en los cuerpos indígenas tras la conquista en América.
En la misma dirección, las libertades sexuales nunca parecieron gustarle al poder imperial católico. El orgasmo femenino, ha sido siempre el sonido de la mujer pecaminosa en la ideología imperialista católica. El cuerpo, y sobre todo, insistimos, el cuerpo de la mujer, no le pertenece, sino que ha sido propiedad del Espíritu Santo. La mujer ha representado la pureza, vestida de blanco en el altar, y su cuerpo (con el que hay que tener cuidado, porque tienta) está cargado de sexualidad que hay que reprimir. El niño es arrancado del cuerpo de la madre y la cultura lo mete en el mundo adulto, macho, y así se empieza a reprimir lo femenino de su cuerpo. Allí empieza a comprender las reglas morales del mundo burgués, blanco, macho, y comienza a diferenciar lo bueno de lo malo, lo pecaminoso del camino recto, acepta la heterosexualidad obligatoria además de la libertad, en tanto macho, de gozar del cuerpo disgregado y reprimido de la mujer.
Pero también aprendemos, en tanto machos, a permanecer dentro de nuestra esfera masculina en la vida cotidiana. Cada cultura traza los límites de la moralidad, establece modos de relacionarse con aquello que amenaza el orden social. Por eso el macho no puede acercarse a la sangre menstrual de la mujer, no es cosa de machos, está fuera de la esfera masculina que traza la cultura. Por eso mismo ha sido a lo largo de la historia algo a lo que el macho no puede acercarse sin perder cierta cuota de masculinidad. Debe alejarse de la impureza de la sangre femenina e, incluso, es bueno tampoco hablar de ello.
En la relación del macho con el cuerpo de la mujer podemos ver los condicionamientos culturales que, a través de nuestros cuerpos, el poder nos moldea desde nuestra propia subjetividad para someternos. El cuerpo del macho tampoco goza de libertad mientras que el de la mujer es reprimido. El cuerpo masculino también ha sido diseccionado en partes, clasificado por la cultura, una parte de él reprimida. Se constituye el macho protector, proveedor tanto del sustento económico como de semen. Porque son cuerpos, los nuestros, despedazados en partes. Conjuntos de órganos encerrados en la piel. Los cuerpos son atomizados. Es decir, no es aquello a partir de lo cual nos conectamos con los otros seres humanos y con la naturaleza, sino aquello que nos separa. El poder nos individualiza, nos encierra en nuestro propio cuerpo reprimido cortando los lazos de conexión.
Retomando a Freud, Rozitchner nos habla de un ‘cuerpo común’. El poder de la Iglesia y del Ejército, todas las instituciones disciplinarias de nuestra sociedad, buscan romper el cuerpo común en unidades dispersas. Lo mismo que sucede, a su vez, con el cuerpo individual de cada uno, descompuesto en partes orgánicas. Este divisionismo es el modo en que el poder nos domina desde adentro y “el cuerpo de los hombres que se rebelan debe ser devuelto a los límites precisos de su propia piel que la tortura impone y marca frente al desborde y la osadía, y en vez de ser superficie de contacto y relación, sólo debe serlo, picana mediante, de exclusión y separación”.

Una crítica acorde a nuestros tiempos.

En la actualidad, el poder actúa sobre la apariencia de libertad. No podemos dejar de lado la influencia que ejerce el poder imperialista católico aun hoy en cuanto a la expropiación de los cuerpos, sobre todo el de la mujer. No es ella la que decide sobre su propio cuerpo, es el Estado bajo la influencia de la Iglesia. Es este poder el que, aun hoy, sigue matando a muchas mujeres a las que condena al aborto clandestino.
Pero también la industria cultural impone nuevas formas de domesticación. Mientras todo se mercantiliza en la sociedad de consumo, el cuerpo también. Los formatos estereotipados de belleza que se nos impone siguen reproduciendo la expropiación de nuestros cuerpos porque siguen apareciendo, bajo la ilusión de la libertad, diseccionados en partes, en tetas, culos, bocas, panzas, cinturas, muslo. Estamos alienados de nuestro propio cuerpo.
Si decíamos que el poder actúa desde adentro de nosotros mismos, debemos pensar que la dominación radica en que esos estereotipos cosificados se instauran como deseables en nuestra cultura oficial actual. Nuestros cuerpos desconcetados buscan asemejarse a esos ideales que están detrás de las pantallas televisivas y arriba de los escenarios y, así, colaboramos con nuestra propia domesticación. Todo lo que tiene de rebeldía nuestro cuerpo queda silenciado, reprimido dentro de la jaula que esta cultura fabrica.
“Nadie sabe cuánto puede un cuerpo” decía Spinoza. Precisamente, está atrapado en esa jaula en donde es moldeado para dominar más efectivamente. Nadie sabe cuánto puede un cuerpo porque en la cultura dominante está reducido, reprimidas sus potencialidades liberadoras. El poder sabe que es peligroso, sobre todo el cuerpo colectivo. Por eso lo individualiza, lo selecciona, lo pone en el centro de la escena, lo sube al escenario, lo pasea ante las cámaras, lo hace desfilar, lo mide, es decir lo cuantifica, lo rompe en distintos planos y lo destaca en tomas fotográficas o enfoca un movimiento, le da brillo, le imprime la marca masculina con lencería erótica, le da color y le corrige las marcas indeseables con maquillaje, lo estira aquí, lo reduce otro poco allá, le exige la risa, borra del cuerpo todo lo que tiene de rebeldía, lo mercantiliza, es objeto de consumo. Es el cuerpo negado a la mujer del ideal católico, es el cuerpo despedazado del dualismo cartesiano, es el mismo cuerpo vuelto mercancía del consumismo capitalista. No es cuerpo. Es carne humana cosificada.
También los poderes locales fomentan este negocio que sirve para domesticarnos. No solo los grandes medios de comunicación ejecutan día a día esa condena de nuestra propia corporeidad reducida a cosa individualizada, sino también aquellos eventos culturales que premian modelos de belleza.
Llama la atención el silencio cómplice de los organismos del estado, de los funcionarios, de los militantes del oficialismo y opositores, que podrían contribuir a rever esta situación. Más allá del cotillón con que se adorna el discurso progresista, la sola existencia del concurso de ‘belleza’ que se repite año a año cada 19 de marzo, es la clara muestra de la hipocresía con que se maneja el poder para mercantilizar los cuerpos. Claro que estos eventos tienen la complicidad de los ciudadanos que se congregan a aplaudir estas bajezas, pero los responsables principales son los funcionarios que, en su tarea ejecutiva para la que fueron designados, siguen gastando las contribuciones tributarias en perpetuar nuestra mediocridad para domesticarnos mejor.
Desde el intendente municipal hasta la Secretaría de Cultura y los organismos municipales que dicen representar las problemáticas de género, pero también todos los colaboradores ‘militantes-funcionarios’ que no pueden no ver este hecho más que evidente. Ni siquiera hubiera sido necesaria hacer una mención histórica para que todos pudiéramos verlo.
Hasta cuándo se va a seguir con este espectáculo bochornoso? Hasta cuándo van a seguir con el negocio de concursos de belleza que les sirve para fomentar a su vez el negocio de las ‘escuelas de modelo’? Al menos, no podemos ya decir que no somos conscientes de esto, ya no podemos regodearnos en nuestro cinismo. O acaso hace falta tanta teoría para entender el efecto nocivo que tiene para los jóvenes que ven en eso un modelo a seguir, que ven en eso la marca de su propia frustración en la imposibilidad de adecuarse a lo que premia nuestra cultura?

"Sufragio" por Ivo Marinich

 En los platos quedaban sólo las sobras, ya podían descansar, no era ésta la suerte de las copas que se llenaban y vaciaban de tintura. Ellos hablaban con un tono elevado, propio de quienes bajan el volumen de los sentidos y se dejan llevar. Los ojos semiabiertos hubieran engañado al que pensara que en cualquier momento se dormían, porque en realidad todos, las tres damas y los dos caballeros, estaban igual de atentos a la discusión.
    —Que Dostoievski es igualito a Tolstoi, dice, ¡Qué barbaridad! Bah, sí. ¡Los dos son rusos!
    La otra lo miró y sacudió la mano en un gesto que decía, no me interesa lo que pienses. La más joven tosió y dijo que ahora era su turno de leer lo que había escrito. Escucharon. Cuando terminó, una lloraba, quién sabe cuánto tenía que ver la tintura, o el recuerdo o una sensibilidad tan hinchada como el hígado. Después, como tantas otras veces, compararon: Borges y Sábato, García Márquez y Saramago, Hemingway y Fritzgerald. No podían resultarles distintos porque crecieron con la cualidad, ¿cualidad?, de poner algo por encima de otro algo, como en escalones, y no concebían la posibilidad de estar hablando, en realidad, de diferentes escaleras. Los libros, al ser mencionados, parecían apilarse sobre la mesa, y los autores espectrales se acercaban a escuchar; a veces, cuando no les gustaba lo que oían sobre sus obras, se marchaban sin más, insultando según cada idioma. 
    —¿A quién van a votar?
    Si la pregunta hubiera sido una locomotora, estos hubieran sido sus vagones: no sé; la verdad que no estoy segura; a nadie; no quiero ni pensar que de acá a un año hay que votar. Nótese que pese a formular distintas respuestas con sinapsis gramaticales variadas, las cinco personas coincidían en sus aseveraciones, y, si se quiere, a la vista de una pregunta que no parece indicar convicción, el hombre que la formuló no cae lejos del árbol. Pero ¿por qué esa pregunta? ¿De dónde provino? Quizás su silencio durante la velada era causado por ése interrogante, una duda al respecto que le molestaba y decidió compartir. Ahora entre ellos rondaba una conversación aparte, una conversación, llamémosle, fantasma, que acontecía aunque no se escuchara:
    —¿Dónde cabe la palabra obligatorio en una democracia?
    —La responsabilidad civil, eso lo vuelve obligatorio. No es tanto más una ley sino un valor moral en cada uno de nosotros, nos guste o no.
    —Yo le llamaría responsabilidad social.
    —Cada cuatro años la misma historia. La cola que no avanza, los tarados que se masturban en el cuarto oscuro, los fiscales indolentes, el carnaval en los medios…
    —Insoportable, inaguantable, insufrible.
    —Te faltó ineluctable.
    De esa conversación metafísica, como si de dos mundos paralelos uno mudara algo al otro, se trasladó un comentario a la conversación real:
    —Nos conocemos. Puedo decir, sin miedo a que disientan, que no nos interesa votar a nadie. Votamos porque tenemos que.
    Los cerebros de los otros cuatro prendieron la luz de la queja políticamente correcta, pero la irreverente verdad del comentario los hizo callar.
    —Entonces pienso, divago, enloquezco, que debería haber un partido para gente como nosotros. Un partido donde puedan dejar su voto aquellos que no quieran votar porque no confían en los sinvergüenzas, o aquellos que no les interesa pero lo hacen para sentirse responsables.
    —¡Para eso está la izquierda!
    Rieron. Algunos más, otros no tanto.
    —No, en este partido nadie querría gobernar. No interesaría. Es sólo una urna para que la gente se sienta cívicamente responsable y que a la vez no tenga que elegir por elegir, o caer en el engaño de votar en blanco.
    —Me gusta.
    —Hagámos eso entonces.
    Risas.
    —Sí…
    —Un partido apolítico.
    —¡Ahí tenés el nombre!
    Carcajadas.
    —Al frente el Partido Apolítico, ¡carajo!
    El que haya experimentado una noche de botellas vacías estará de acuerdo que la mañana siguiente trae consigo el desconcierto, la jaqueca, por qué no la risa y tantas veces, tantas, el arrepentimiento. Sea una secuela u otra, es innegable que las noches de botellas vacías siempre traen algo consigo, y ese algo no es necesariamente un visto bueno a lo hecho horas atrás. Bien, los perseguidores de excepciones a la regla tendrán, en este caso, una más para anotar en sus cuadernos: los cinco, tan lúcidos como la sobriedad permite, estaban de nuevo ante la mesa haciendo planes sobre lo que acordaran la noche anterior. Al parecer, eso que sonaba tan chistoso, por no llamarlo ridículo, logró seriedad con la almohada, lo que nos dice mucho de las verdaderas aspiraciones de lo ridículo. Sonaron los teléfonos uno tras otro convocando la reunión, para el tropiezo del sol estaban dialogando sobre los rudimentos del Partido: iniciales, colores, lema, mensaje, y demás. Lo que trajo más complicaciones fue la elección de los líderes, porque ninguno quería serlo. De haber sido por ellos dividían el liderazgo, pero las reglas dicen que debe haber una fórmula con sus respectivas jerarquías, y entonces no tuvieron elección. Todo se decidió, en lo que resultó el momento más silencioso de la jornada, por sorteo; escribieron sus nombres en papeles pequeños que después abollaron y pusieron en un cenicero, mezclaron y retiraron dos. El primero resultó ser la mujer más joven, que se quejó de su mala fortuna. El segundo bollito descubrió al hombre de mayor edad. Los otros tres serían asesores, divulgadores, la inteligencia del Partido Apolítico.

    —Yo creo que lo que a la gente en sus casas le interesa escuchar es cómo surgió el APO.
    —Le pido por favor que aleje el micrófono porque me pone nerviosa.
    —Sí, lo siento. Decía, entre tantas preguntas que tengo para hacerle, algunas no las podría decir en cámara, se destaca esa que todos queremos escuchar, ¿cómo empezó este proyecto?
    —Si no puede decirlas en cámara eligió mal la profesión, le falta coraje para preguntar. El APO comenzó como cualquier otro partido, como una queja. Somos una urna para aquellos que votan porque así lo demanda la responsabilidad cívica. Para el nihilista. Para los que no caen ante el engaño del voto en blanco. Para los que ven víboras por políticos. El Partido Apolítico es un espacio que respalda la democracia y el desinterés por el accionar político.
    —Un desinterés causado por…
    —Los antecedentes políticos, señor, los antecedentes políticos.
    —¿Y cuáles son sus propuestas?
    —Creí haber sido clara. No tenemos propuestas porque no queremos gobernar. Estamos para que viva tranquilo el que no desea votar. En lo único que creemos es en la importancia de cada voto, como una porción de confianza que cada persona da de sí y nunca nada le es correspondido. Lo que queremos es corresponder, ser los primeros que devuelven algo a la gente a cambio de su confianza: la satisfacción de la responsabilidad.
    —Pero la gente puede satisfacer su responsabilidad votando a cualquier otro.
    —No aquellos que votan por votar, para sacarse de encima el sufragio. Creemos que eso daña a las personas y perjudica a la democracia.
    —¿Qué me dice de este exponencial reconocimiento sin siquiera haber colgado un cartel?
    —Que queda en evidencia la falsa omnipotencia de la contaminación propagandística. Que se subestima la efectividad del boca a boca.
    —Pero estamos hablando de una intención de voto del veinte por ciento en sólo cuatro meses de campaña. No hay precedentes al respecto.
    —Si quiere repito lo que respondí antes.
    —¿Y qué tiene para decirle a los demás partidos, sobre todo aquellos que cuatro meses atrás los atacaron sin piedad?
    —Nada.
    —¿Creen que se unirá más gente a la causa?
    —No lo sabemos y tampoco nos consta.

    Cualquiera hubiera dicho que las constantes tormentas de los meses posteriores eran consecuencia de la furia de los Partidos adversarios; como si cada insulto trajera un trueno; cada píldora, un refusilo; cada pensamiento negativo, una gota. Las ovejas, ¡las ovejas!, se perdían en el campo y no había forma de traerlas al corral. Ahora los que habían sido rivales se unieron ante un poderoso enemigo en común, y no anticiparon que este vínculo les jugaría en contra; el pueblo los miraba y decía, son iguales, ¿pueden creerlo?, al final sólo se mostraban diferentes, siempre fueron iguales, como dos gotas de agua. Entonces, tarde, estos Partidos rompieron la relación y volvieron a jugar a ser contrarios, criticando al APO cada uno desde su rincón. Indignados. ¡Indignadísimos! Lo que habían estudiado no los preparó para afrontar esta descabellada contingencia. Algunos pasaban noche y día buscando respuestas en el libro de la demagogia, pero nada encontraban. Desesperados, tomaron una resolución: la inteligencia de los Partidos, presionada por los capitanes que no sabían ya cómo maniobrar el timón, recomendaron el aumento presupuestario de la propaganda visual. Costó comprender la propuesta, claro, era cuestión de levantar la persiana y ver las calles, edificios, carteles y autopistas, murales y pantallas gigantes con los rostros de los líderes de los Partidos adversarios: ¿dónde cabía más propaganda visual si habían ocupado todo espacio? La inteligencia de los Partidos adversarios se defendió diciendo que en momentos trágicos es obligación romper los límites de normal, así introdujeron propaganda dentro de los bares, en los vestíbulos de los apartamentos, en balcones, suelas de zapatos, patios de escuelas, a lo largo de las calles, en baldosas de vereda, árboles, perros callejeros, vagabundos, inodoros, pizarrones, carritos de supermercado, pelotas de fútbol, automóviles, tatuajes de brazo, almohadas, espaldas y pechos, en cajas de pizza, papel higiénico, palomas, ratas y muchos otros sitios que no podrán ser mencionados porque el presupuesto de palabras de este texto es mucho más limitado.
Igualmente, obliga la verdad esta aclaración, no puede decirse que los Partidos adversarios llevaban la peor parte. Los medios de comunicación y los grupos económicos, valga la redundancia, sostenían con la mano temblorosa la pistola pegada a la sien en vista de los resultados de las últimas encuestas. Sus predecesores y los predecesores antes de éstos jamás tuvieron tamaño problema; todo marchaba como debía, nadie podía imaginar una herida de muerte a sus intereses. Y ahora no sabían qué hacer, porque por primera vez el dinero no solucionaría la contingencia. ¡En qué río sucio se ahogarían sus intereses! Y sólo podrían mirar, observar, porque la caña en sus manos azules iba sin anzuelo. Necesitaban un líder de los Partidos adversarios, uno sólo, cualquiera, para hacer de mediador entre el cielo y el infierno, infierno al que siempre huyeron, infierno que ayudaron a crear. Estos presionaban a los líderes, aquellos a la inteligencia, esos al pueblo, tales últimos no sucumbían ante la presión y así devolvían el golpe en sentido contrario. Un caos. ¿Qué iba a ser de ellos, titiriteros inoxidables, sin su títere en la copa del árbol?
    El seis está a mitad de camino entre el uno y el diez, casi, en realidad está más cerca del diez, ese número del pedestal, símbolo humano de lo sobresaliente. Porque lo obvio tiene la cualidad de no necesitar ser explicado, diremos aquí, entonces, que lo resaltamos: seis, en su carrera al diez, es más que tres, que cuatro o cinco; seis no es diez pero triunfa ante los dígitos predecesores. Todo esto demuestra por qué el Partido Apolítico ganó las elecciones, con seis votos de cada diez. Jamás hubo tanta incertidumbre ante la paradoja de que haya ganado el Gobierno, justamente, el Partido que no quería gobernar. Pero la ley es la ley, damas y caballeros, la democracia dicta su sentencia y hay que obedecerla. Jamás se sabrá si las multitudes abordaron el APO por falta de convicción política o por probar un poco de una ironía mayúscula, esto último porque sabemos que lo irónico deshace las reglas y da sensación de libertad. Justamente ironía fue lo que no percibieron los Partidos adversarios ni los medios de comunicación, que vivían algo así como su Apocalipsis. Hubo trompadas y narices rotas, sobre todo entre los líderes de los Partidos adversarios y su inteligencia, los primeros echando culpas y los segundos recriminando que faltaron más afiches por pegar, por ejemplo en la luna, decían unos, o en las montañas, aseguraban otros. Pero ya nada podían hacer, sólo observar al APO en la copa del árbol y tratar, por enésima vez, de bajarlo de un hondazo. He aquí un anticipo: no hubo hondazo capaz; el partido que no quería gobernar, gobernó hasta el último suspiro del último integrante.  

jueves, 20 de octubre de 2016

ACERCA DE “LINCHAMIENTOS” por Lucio Vellucci


La presentación del libro “linchamientos” en la Biblioteca, en el mes de septiembre, nos ha dejado, además de la satisfacción por la gran convocatoria, (lo que revela una avidez del público por instancias de debates profundas, seguramente vedados desde los poderes locales instituidos y el sensacionalismo mediático) algunas interesantes reflexiones que estimulan el planteo de nuevas preguntas y nuevos ejes de discusión.
El abordaje teórico de Ariel Penisi y de Bruno Nápoli ha proporcionado los fundamentos para sustentar una crítica radical a lo que han llamado “dosificación de los cuerpos” a través de un discurso de poder que históricamente moldea sujetos estigmatizados, a la sombra del sujeto modelo de la cultura hegemónica. El lenguaje como productor de sentido, fue pensado como el campo a través del cual se entabla una disputa, ya que le es inherente una carga política que imprime en el habla cotidiana un efecto de poder.
De esta manera, el abordaje de los expositores estuvo direccionado a la problematización del fenómeno de los linchamientos desde una perspectiva amplia, en el sentido de que no estuvo circunscripta a un hecho aislado. El planteo de sus exposiciones (y del libro presentado), estuvo enfocado a analizar las tensiones subyacentes en el fenómeno complejo de los linchamientos.
En primera medida, el linchamiento no es un hecho concreto solamente, sino que, para pensarlo, se toma una escala mayor de análisis, es decir, el objeto de estudio no remite a un acto grupal específico observable empíricamente, registrable o no de acuerdo a la presencia de dispositivos de filmación circundantes en manos de pasivos espectadores con el suficiente grado de perversidad.
Para entender los linchamientos desde una mirada desprejuiciada, es necesario preguntarnos por las formaciones culturales que van cimentando las condiciones de posibilidad de ese ‘hecho social’. Es decir, cuáles son las causas históricas y sociales que hacen que ante determinadas situaciones, de pronto emerja una reacción violenta, una manifestación de grupo que brota e irrumpe cuando la vida cotidiana parece desarrollarse normalmente. Para problematizar el fenómeno en su complejidad misma, debemos hacernos las preguntas adecuadas para no errar desde el comienzo y truncar toda posibilidad de arribar a una comprensión que nos permita visualizar de qué se trata (como está plasmado en la etapa del libro) “el policía que llevamos dentro”.
Los linchamientos son fenómenos que no surgen porque sí. No son en sí mismos el problema de una especie de ‘anomia social’ (para seguir hablando en términos de Durkheim), sino que son la manifestación del mismo, la punta del iceberg. Es decir, el linchamiento es el síntoma de un conflicto latente, en constante estado de ebullición, y que no se explica por una suerte de ‘sed de justicia’ de la ciudadanía. No podemos pensarlo como una mera respuesta popular a determinados delitos. No cualquier sujeto es ‘linchable’.
Debemos preguntarnos por ese sujeto potencialmente linchable, que existe antes del linchamiento mismo. Es decir, cómo el lenguaje mismo ya contiene una especie de linchamiento simbólico. Cómo se va conformando, entonces, cierto sujeto estereotipado, un ‘otro’ estigmatizado, pasible de ser linchado.
En el año 2013, en Córdoba, se produjeron una serie de linchamientos en masa, una noche en que, a raíz del acuartelamiento de la policía por reclamos salariales, un sector de la ciudadanía sale a linchar a ‘todo aquel que anduviera en moto y estuviera encapuchado, sea o no delincuente’, como explica un entrevistado del documental “La hora del lobo” disponible en internet.
La cultura hegemónica construye estereotipos y fabrica los lentes a través de los cuales vemos la realidad desde el sentido común (para hablar en términos gramscianos). El hecho de que un grupo de ciudadanos, en distintas ocasiones, emprenda la tarea de hacer ‘justicia por mano propia’ nos revela que, por un lado, ha calado muy hondo la idea de que los mecanismos legítimos de justicia son ineficientes, y por otro lado, estaría habilitado cierto accionar que, si bien porta el discurso de impartir ‘justicia por mano propia’, está impulsado por una fuerte carga emotiva de odio. El linchamiento no busca resarcimiento sobre un delito, busca venganza. Por eso no es justicia. Lejos de tener un justificativo racional, es puramente emotividad lo que lleva a esa acción.
Para dar respuesta al primer punto hay que tener en cuenta que, de acuerdo con Foucault, ‘la funcionalidad del sistema de justicia es justificar la acción policial’. Es decir, registrar a nivel legal el accionar represivo de la policía, darle legitimidad al discurso de poder que se ejecuta en la sola presencia del efectivo policial como garantía del ‘orden público’. El hecho de que en determinado momento brota en el ciudadano común el ‘policía que lleva dentro’ hace que nos preguntemos si no debe interpretarse como una demanda hacia ese nivel de registro de la legalidad de la violencia instituida que permita una intensificación de la represión policial.
Por otra parte, ese estado latente en que los discursos hegemónicos, de un modo sutil, van sentando las bases para exterminar a ese sujeto ‘linchable’, requiere en algún punto de la cooperación del ciudadano que, con la suficiente carga de odio a un ideal ‘otro’ al que exterminar, termina actuando sobre un ciudadano particular y concreto en el que se aplican las características de ese sujeto ideal, estereotipado, linchable. El discurso dominante, desde todos los dispositivos de poder, estimula el odio a ese ‘otro’ y la necesidad de venganza de un ‘nosotros’ desamparado, a la intemperie, inseguro. Hay un ‘otro’ linchable porque el odio que motiva es previo. Se odia a un sujeto ideal y la violencia se descarga sobre un sujeto particular y concreto, representativo de la otredad rechazada. Los nazis odiaban al ser judío, la esencia judía. La otredad constituida a la sombra de la moral dominante es cierto estereotipo de delincuente al que es necesario exterminar, porque lo que se niega es el ser-judío, el ser-negro, el ser-chorro, etc. El lenguaje de la dominación trabaja con asociaciones esencialistas.
Es posible preguntarnos, entonces, si el linchamiento es el síntoma de la eficacia de ese discurso dominante que ha sembrado en cada sujeto la necesidad de un perfeccionamiento de los sistemas de represión hacia la ciudadanía. El linchamiento (y la aceptación generalizada del hecho) es la evidencia empírica de la asunción del rol policial por parte del ciudadano y el placer en la negación física de un sujeto ‘otro’, ideal y bien definido. La instauración de ese rol vigilante que asume cada ciudadano respecto del de al lado, es propia del fascismo.
Ese mismo discurso hegemónico (se sobreentiende por eso lo dicho, pero también las múltiples formas de lo no dicho explícitamente) sienta aquellas condiciones de posibilidad que permiten desplegar las acciones directas que consiguen, una vez consumado el hecho, desvanecido de la esfera de las novedades sensacionalistas de cobertura mediática, una política efectiva e inmediata que lleva, por ejemplo, al poder municipal a intensificar su política coercitiva en la ciudad. Porque, qué queda del hecho aislado que ya nadie recuerda sino una consecuente amplificación de la red de cámaras de seguridad que comporta una inversión de más de doce millones de pesos para incrementar la vigilancia perpetua.
La intensificación de la administración de nuestras libertades se da de manera directamente proporcional al aumento de la administración de la delincuencia por la mafia narco-policial.
Algunas preguntas para terminar (o tal vez, para empezar desde nuevos nudos problemáticos):
¿De qué modo los dispositivos de disciplinamiento mediático oficializan el discurso fascista en cada sujeto que lo asume por sí mismo? ¿De qué manera se despierta en una parte de la ciudadanía cierto placer en asumir el rol policial y la pretensión de que a nivel legal, el sistema de justicia, institucionalice dicha práctica?





Bajo la Holgura Semántica del Capital por Nahuel Valle


 
               Poco ha, que el 12 de octubre -centro neurálgico de disputas semánticas- se esfumó del almanaque; consigo también, van las reflexiones.
Cierto acostumbramiento a debatir según la agenda impuesta por los mass media –como los nomina Guattari en “Caosmosis”- condiciona fuertemente, sesga, o hasta imposibilita la refundación histórica del sujeto.
La vertiginosidad con la que el sujeto construye su temporalidad existencial, cual cúmulo de instantes vacíos y homogéneos  a espectacularizar, hace que, de alguna manera cuasi totalizante, el ser se encuentre imposibilitado de constituirse en tanto sujeto histórico.
Preguntarnos entonces no ya cómo pensamos el 12 de Octubre, bajo qué categorías que con cierto aire kantiano trascendental le brindan al sujeto una cuota de tranquilidad epistémica; sino: Cómo, de qué manera, bajo qué formas aquel etno-genocidio acontecido hace poco más de medio milenio sigue matando en nosotros y, por sobre todas las cosas, a Nuestra Tierra; deviene necesario.
Juan Bautista Alberdi, unos de los mentores de la Constitución Nacional, materializó –el lenguaje se hace carne- la siguiente frase bajo el signo “Civilización o Barbarie”: “Tomad a todos los gauchos de la pampa, educadlos durante cien años, y nunca llegarán a ser lo que es un obrero Inglés”.
Si se cita beneplácitamente el preámbulo de la Constitución, donde yace que todo ciudadano del mundo puede habitar el suelo argentino, nos “olvidamos” de que la ciudadanía gestada bajo los símbolos de “Libertad”, “Fraternidad” e “Igualdad” paridos por la Revolución Francesa, solo eran derechos del Hombre blanco y europeo; ellos eran los ciudadanos del mundo y, solo ellos. Ellas no. Como también, nos “olvidamos”, de que fue La Revolución Haitiana conducida por esclavos libertadores, la que no solo expulsó de sus tierras al ejército napoleónico, sino que además, obligó a la Revolución Francesa a dar el paso hacia la abolición total de la esclavitud.
Si solo ponemos el foco en el problema en tanto problema categórico  -con todo lo que ello implica- caeríamos en un excesivo posmodernismo en el que el sujeto se pierde inmerso en, siendo un producto de, la textualidad deconstruida, o, a deconstruir.
Un lector presuroso nos podría, de manera presurosa también, objetar que: “Es mucho mejor hablar del “Día de la Diversidad Cultural” y no del “Día de la Raza”…” No se trata, por lo menos no lo pensamos en esos términos, de si es “mejor” o “peor”; las oposiciones binarias irreductibles no son las más adecuadas para la reflexión. El artículo “Lo dual ideológico como forma de lo no pensable” de Lucio, con quién problematizaremos en las líneas venideras, da cuenta de ello. Decíamos entonces que no se trata de si es “mejor” o “peor”, sino de reflexionar sobre la necesariedad de una nueva cosmovisión, de crear una nueva forma de relación entre el ser y la Tierra -puesto que en ella el ser es- que no se logrará nunca a la saga de la holgura del capital.
Frederic  Jameson en su obra “Posmodernismo o  Lógica funcional del capitalismo avanzado” da cuenta, en consonancia dialéctica con Lenin y su “Imperialismo. Fase superior del capitalismo”, que la “diversidad cultural” entendida como la pura textualidad que produce subjetividades, donde el sujeto particular y concreto yace desbordado de narrativas que lo vuelven prescindible, es la lógica funcional del capitalismo avanzado ¿Por qué? Pues, la Multiculturalidad en tanto categoría, en tanto pura textualidad, sin sujeto, lleva inscripto dentro de sí el Etnocidio; lo legitima en pos de la mundialización de la lógica del capital, en pos de la maximización del plus valor. Detrás de la bonita, “permisiva” y “tolerante” (dentro de estos significantes yacen la propiedad privada y la total homogeneización del sujeto) cara del multiculturalismo se encuentran un niño en Malasia produciendo zapatillas Nike en condiciones poco, o nada humanas, y un Río en San Juan totalmente contaminado por cianuro. “Jamás se ha dado un documento de cultura sin que lo sea a la vez de barbarie” sentencia Walter Benjamin en su “Tesis de Filosofía de la Historia”
Lejos estamos de por solo nominar al 12 de Octubre en tanto “Día de la Diversidad Cultural” construir cultura contra-hegemónica en un sentido gramsicano. Solo estamos yendo a la saga de la holgura del capital; con su tiempo, que no es el de Vida, y en su lógica funcional, que no es la de la Tierra.
¿Qué es, entonces, el “Día de la Diversidad Cultural”? Se nos podría responder que es el día del “respeto” por otras culturas, o, la celebración de los encuentros culturales, o, el día en el que se celebra que se tiene respeto por culturas Otras y, por el Otro. Pero… ¿Cuáles “otras culturas”? ¿Cuál Otro? ¿Aquel Otro que es Otro en tanto que es semejante a mí? ¿O el Otro, con su piel, su carne, sus huesos, sus formas de existir? ¿Cómo se encuentran esas culturas? ¿No se haya, acaso, detrás de ese “encuentro”, el día 12 de octubre de 1492, la génesis del capitalismo, aquella que Marx nominó en tanto “Acumulación Originaria”? El “Día de la Diversidad Cultural” ¿No es un disfraz de la violencia sistémica? ¿No es una operación fetichista que esconde la explotación del ser y de la Tierra?

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Siempre que algo se muestra, algo se oculta; y paradójicamente, de eso que se muestra, hay algo que no se ve. Tal es el funcionamiento de la Ideología. Mostrar ocultando, y, de aquello que se muestra, vedar una arista.
Coincidimos con Lucio. Su artículo “Lo dual ideológico como forma de lo no pensable” es una clara explicitación del funcionamiento de la ideología.1
¿Qué es lo que se busca ocultar detrás del muestrario ideológico? Y de aquello que se muestra ¿Qué es lo que no se ve?  ¿No está detrás de aquello, quizá, la propiedad privada, cual Real lacaniano del capitalismo? ¿No se encuentra acaso detrás del “Día de la Raza”, la misma violencia sistémica, que detrás del “Día de la Diversidad Cultural”? ¿Hay alguna diferencia entre Cristóbal Colón y  los suyos, que en tan solo tres meses destruyeron a los Taínos, y, la “Barrick Gold”, “Chevrón” y Gustavo Grobocopatel? ¿Por qué, pues, la ideología oculta lo que oculta?
La dialéctica del Amo y el Esclavo hegeliana, en su lectura marxista, lleva dentro de sí la respuesta.
Lo que hace que el Amo  (Burgués) sea lo que es, es la posesión de los medios de producción. El esclavo  (proletario), en cambio, nada posee más que su fuerza de trabajo; no tiene nada que perder, todo por ganar ¿Si se revela? El Amo dejaría de existir.
1 ¿Se puede escapar a la ideología? ¿No deberíamos, acaso, problematizar con el dictum althusseriano de que nadie escapa a la ideología, puesto que nos interpela, nos da un potencial lugar de sujeto? Preguntas todas que este artículo no busca responder.

                  Un Terror Ontológico acomete al Amo ante la inminente pérdida de la propiedad, ante la intromisión, por fuerza revolucionaria, de lo Real lacaniano del capitalismo. Aquello que si se toca, el capitalismo -y consigo va el Amo- dejaría de existir. 
  Este Terror Ontológico se manifiesta a través del aparato ideológico, cual guardián del status quo, en sus tres vertientes: El Odio de clase, a través de la violencia indiscriminada (macrismo-golpes militares).
   El populismo, donde la violencia sistémica se legitima a través de la “beneficencia social” (Kirchnerismo-Peronismo).
   El cristianismo, donde la violencia se legitima a través del sufrimiento y martirio, y los oprimidos reciben el fruto de la caridad –en esto en nada se separa del kirchnerismo- representado hoy por el Papa Francisco.     
¿Cómo desentramar entonces al aparato ideológico? Haciéndole preguntas al sistema que no puede responder. Preguntas en las que el sujeto exista.
Qué pasaría si…. Nomináramos al 12 de Octubre en tanto “Día de la Reivindicación de nuestra Negritud”  y si tomásemos como estandarte el artículo 14 de la Revolución Haitiana y dijésemos que: “Todos, sin importar el color, cualquiera sea nuestro color: Somos Negros”
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Lacan nos dice en su “Ética del Psicoanálisis” que “Marx aspira a un Estado donde la emancipación humana no solo se producirá políticamente, sino realmente, y donde el hombre se encontrará con respecto a su organización, en una relación no alienada”. Nosotros también.
 El 11 de Septiembre del 2001 se intentó borrar a Salvador Allende; por esa extraña caución de la Historia -esa que Marx llamó materialismo histórico- ese mismo día, el capitalismo fue castrado.
No tardará pues -no tiene que tardar- en repensarse desde el clítoris orgásmico de la Tierra, el concepto de Revolución.
“La Naturaleza lucha contra la explotación del proletariado” (Benjamin, Walter; Tesis de Filosofía de la Historia)